Fulvio Galimi a capa y espada
Este blog está dedicado a Fulvio Galimi, a la novela de su vida, de esgrima, de política, de amor y desencuentros y a su obra literaria. Y lo mejor es que mucho de lo que escribe lo vivió.
jueves, 8 de mayo de 2014
lunes, 17 de junio de 2013
Luisa de mis amores
Yo tenía sólo
dieciséis años. Estaba terminando el secundario. Ella dieciocho o diecinueve, o
quizás veinte o veintiuno. Nunca lo supe. Como iba a saberlo si no habíamos
hablado ni dos palabras. Lo que sí sabía bien, Lara que la veía, es que era
rubia, de ojos grandes y celestes, para mí enormes y diáfanos como el cielo más
puro que uno pueda imaginar. ¿Soy exagerado? Y cómo no habría de serlo, si
estaba tremendamente enamorado, con el ímpetu obstinado y poético de aquella
adolescencia todavía romántica de la época del cuarenta.
La conocí en una
sociedad italiana. Esas sociedades que se crearon durante el fascismo italiano,
con la idea de reivindicar el orgullo patrio en estas latitudes. Terminada la
guerra siguieron funcionando como clubes de barrios con un buen programa
cultural y social.
Si, la vi salir
a alrededor de las ocho de la tarde de un negocio de modas, justo enfrente en
donde yo vivía, Paraná al 500, zona comercial por excelencia. Presentí que allí
trabajaba.
Fue entonces que
me enfundé en el sobretodo que mi hermano que me había regalado, era grande por
todos lados, pero no era el momento para pensar en eso. Un pañuelo de seda de
mi madre al cuello, me pareció elegantísimo. Levanté las amplias solapas al
estilo Humphry Bogart, y todas las noches en la puerta de mi casa y todas las
noches en la puerta de mi casa permanecía oculto para verla salir. Y así
habrían pasado años porque jamás me hubiera animado a hablarlo, si no fuese
porque de golpe nos encontramos frente a frente.
-
Hola, usted no va a la sociedad de Flores, dijo.
-
Sí, sí, claro, contesté.
-
No sabe bailar algo criollo, preguntó.
-
No, no lamentablemente, no, ehh digo, sí.
-
Sí o no, dijo dubitativa.
-
Si, claro, aprendí cuando era joven…
Me miró con expresión entre extrañada y asombrada y agregó:
-
Nos falta gente para un espectáculo en el día de la
primavera. Yo bailaré justamente Primavera hermosa. Pero también, pensamos
completar con algo criollo. El pericón para todos y alguna zamba o gato. Se animará, ¿si o no? Me preguntó otra vez.
No aguardó mi respuesta y se fue mientras decía:
-
Vealá a Lidia Bertoni, que lo organiza. Nos reunimos
los sábados por la tarde. Lo espero…
-
Sí señorita Bertoni, lo que a usted le parezca. Y me
fui con el compromiso de bailar un gato, el consabido pericón nacional y
recitar los consejos del Martín Fierro a sus hijos.
Recurrí a mi compañero y amigo Aguirre Zabala, que siempre hablaba de sus
dones de bailarín criollo. Aceptó contento y fueron dulces sábados los que pasé
ensayando. Y tratando de hablar algo con
ella, cosa prácticamente imposible.
La función se acercaba y reparé que no tenía traje de gaucho, ni plata
para alquilarlo, así que improvisé como pude. Calcé botas de goma para lluvia,
un pantalón de esgrima que cerraba bajo la rodilla como chiripá. Como no
conseguí poncho, lo remplacé con una
faja de vasco colgando del hombro, un cinturón de colores en lugar de rastra y
sombrero negro de mi hermano, requintado. Todo lo cual nada tenía que ver con
un atuendo gauchesco. Pero como el “amor” es ciego, me parecía que estaba
bastante bien para salir a escena, sin reparar que todos me miraban con
curiosidad y cierto asombro.
La audiencia fue generosa. Y no pasó de una sonrisa ante mi estrafalario
aspecto. Luego me preparé para la cena que seguía a la fiesta, para lo cual
había llevado mi único traje, previo paso por la tintorería. Había una mesa
reservada para los que actuamos. Fue allí donde recibí un golpe cruel e
inesperado. Luisa de mis amores, la rubia de mis esperanzas, intercambiaba
brindis y sonrisas con un italiano bigotudo y barato a mi modo de ver, sentado
a su lado, en el que yo consideraba, mi lugar. Pero el golpe se convirtió en
definitivo cuando el susodicho personaje con voz estentórea y cruzando miradas
con mi “amor imposible” arrancó O sole mio. Fue el final. Adiós ilusión, adiós
sueños, adiós esperanza perdida entre la música de primavera hermosa, el
pericón nacional y O sole mio.
Y esto hubiera sido todo si no fuera que años después…no sé cuántos pero
bastantes, estando sentado en una mesa en la vereda de la confitería Tolón, en
Coronel Diaz y Santa Fe, pasaron delante mío. Ella adelante con un crio en los
brazos, otro de la mano y uno en la panza. Creo que me reconoció, puesto que se
sonrojó y vio para otro lado. Atrás caminaba el italiano, con otro chico de la
mano y la mirada extraviada. Ella había engordado mucho y perdido la alegría de
sus ojos chispeantes y esa gracia evanescente que me había enloquecido.
Entonces yo también dejé de mirar. Al fin y cabo me había traicionado. No era
una diosa, sino una mujer…como cualquier otra.
Los miedos
Los miedos
¿Por qué no me mata ya? ¿Qué espera?
Me tiene aferrado, con su cuerpo de escamas romboides, marrones y amarillas,
aprisionado totalmente y me mira con sus ojos cegatones. Abre su boca de
mandíbula dislocada y cuando lucho por zafar me muestra sus colmillos afilados,
su lengua bífida y sus fauces rojas.
Tengo sólo un brazo libre y me aferro
a la piel de su cuello que siento suave y aterciopelada.
- ¿Por qué estoy así? ¿O habré estado
así siempre y la libertad ha sido sólo una ilusión?
En la penumbra que nos rodea veo
aproximarse un cortejo –adelante van niñas de guardapolvo y medias blancas que
pasan agitando sus manos, después siguen jóvenes con bleizer azul y pelo largo;
alzan los brazos en el saludo y atrás, hombres maduros que parecen de rostro conocido
como si los hubiera tratado alguna vez- no los reconozco en la penumbra que
sólo es iluminada a ratos por una luna redonda y brillante.
Está atenta, muy tensa –si alguien se
atreve a acercarse estoy seguro que me matará-.
Ahora reconozco la figura de mi madre
que avanza, se detiene, observa y sigue acercándose. El animal me oprime aún
más.
Quiero gritarle ¡no avances! No te
acerques…
Pero ella sigue… sigue. Porque las
madres no sienten el miedo cuando se trata de ayudar a sus hijos.
Y de pronto ya no hay nada. Todo ha
desaparecido. La noche, la luna, la horrible serpiente, el largo desfile de la
vida; todo, absolutamente todo…
Sólo mi madre, que se aleja y ahora
es una figura muy lejana y muy pequeña que parece despedirse de mí y volver a
la eternidad.
-¡Hey Susana! Anoche he tenido un
sueño espantoso, una tremenda pesadilla. ¿No se oían mis gritos ahogados?
Fijate que yo…
-No. No me digas nada. Sabés que no
tenés que comer mucho de noche y menos acostarte en seguida. Me voy, tengo
mucho para hacer. Acordate que hoy viene Mercedes. Por favor, que cambie todo y
chau. Nos vemos.
Mercedes tararea la última canción de
Luis Miguel.
sábado, 15 de junio de 2013
Los de la mesa seis
Hace
30 años que soy mozo. He atendido en bares, confiterías de lujo, hoteles. Un
trabajo rutinario, si no fuera que, desde hace tiempo, me dedico a observar
algunos clientes. Sobre todo a parejas. Y así he visto vivir muchas historias
sentimentales. Porque las historias de amor, como esta que aquí les cuento,
comienzan en las confiterías. Luego saco mis conclusiones y, por supuesto,
nunca sé cómo terminan.
Ah,
olvidé decirles que trabajo en un nuevo bar, pequeño pero cordial. En la zona
más elegante y costosa de la ciudad.
Volviendo
a la pareja: él siempre llega antes, bastante antes. No hay duda que espera ese
encuentro con impaciencia. Acomoda las sillas para que la dama quede a su lado.
¿Dije
impaciente? No, exageradamente impaciente. Mira el reloj una y otra vez. Es una
forma de creer que el tiempo se puede adelantar. Son los difíciles momentos de
una relación que comienza.
Cuando
la ve acercarse, finge estar ocupado, leyendo el diario que, en realidad, ya lo
sabe de memoria. O escribiendo. Cree así demostrar, que ella no es su único
pensamiento.
Entonces
esboza una amplia sonrisa mientras la saluda y la mira. Joven aún, y muy linda.
Discreta al máximo y elegante en todos los detalles.
Su
rostro encierra una subyacente alegría que no exterioriza pero se adivina.
Conversan
animadamente durante casi una hora, como si fueran dos jóvenes que necesitaran
contarse algo velozmente, como si pudieran ganarle al tiempo.
A
las 16 en punto, ella lo saluda cariñosamente y se va.
Él
sale poco después con la alegría en su rostro. Es que ella, mágicamente, se la
ha transmitido.
Ahora
han pasado ya dos años desde la última vez que ella viniera. Él sigue
impertérrito su rutina. Los martes a las tres de la tarde, se sienta solo a
esperar. No ha perdido la costumbre de acomodar las sillas, ni de mirar por la
ventana, como si la esperara. Luego se ensimisma y se queda ausente de todo. En
este tiempo hemos ganado algo de confianza. Hablamos del clima, de los
clientes, algo de política, le cuento algunos problemas míos. Él me aconseja,
puesto que se trata de un señor mayor y con mucha experiencia.
Pero
hoy llueve torrencialmente y no hay nadie en el salón salvo él, así que me
animo a preguntarle:
-¿Y
la señora que venía siempre con usted? ¿Está bien?
No
parece molestarle la pregunta, como si la esperara.
-Sí,
creo que sí, se fue al exterior. Me escribió algunas veces y luego, usted sabe,
no supe más. Quizás se haya casado…
-Señor,
¿no cree que volverá algún día?
Por
toda respuesta, me muestra el reloj: marca las cuatro.
No
parece importarle que siga lloviendo copiosamente cuando se va.
Guitarra, guitarra mía
“Aquí en este
Montmartre, Faubourg, sentimental, yo siento que el recuerdo…”
No conocí a Gardel por obvias razones generacionales, pero lo descubrí en
París y ya grande. Vivíamos con mi hermano, durante una gira deportiva, en una pequeña
habitación de un también pequeño hotel en el tradicional barrio de los
estudiantes, es decir, de Montartre. Desde la ventana se divisaba la imponente
mole de la catedral de Notre Dame y si nos esforzábamos podíamos ver el
legendario Sena.
¿Quieren escuchar a Gardel? Y apareció un argentino que vivía en el mismo
hotel, con una colección de 78 y una victrola de aquellas en las que había que
respetar el ritmo de la cuerda y de la púa, que daba ese inconfundible sonido
de antigüedad a la voz de los amigos el café, la novia y la familia, el campo y
la ciudad, es decir, la patria toda.
“La guitarra en el ropero
Todavía está colgada
Nadie en ella canta, nada…”
Enrico Caruso, el más grande tenor de los tiempos, o por lo menos el más
famoso, daba un do de pecho para lo cual recorría toda la escala musical y con
la vibración producía esa última nota, entre verdad y leyenda, hacía añicos las
copas de cristal.
Ya había oído yo de algunos músicos que las notas que tomaba Gardel eran
excepcionales, pero Roberto Goyeneche dijo, y no hace mucho, que Gardel llegaba
a un Re de pecho y que por eso nadie lo podía igualar.
“Cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel”
A que se debe esa fama cada vez mayor, esa permanencia en el tiempo que
presencia el fanatismo de argentinos que ni lo conocieron ni lo oyeron.
Solamente a través de viejos discos de pasta y de sus más viejas aún películas,
proyectadas una y mil veces.
Quizás porque era el muchacho pobre, bueno y sencillo, al decir de
Enrique Cadícamo, siempre de buen humor y dispuesto a ayudar a los amigos; que
había escalado con sus triunfos todos lo niveles. Allí en ese París, que para
el común de los argentinos de esa época era inaccesible, o en el deslumbrante
Estados Unidos de los años de oro, había triunfado.
Era la reivindicación para la mayoría silenciosa. Por imperio de su voz y
de su presencia alcanzaba lo que el argentino gris, rutinario, que vivía
encasillado en la clase en que había nacido, no podía nunca alcanzar.
Por algo su foto más famosa lo muestra de riguroso frac. Para recordar al
mundo que este hijo de inmigrantes que llegó pobre, recorrió el camino al éxito
sin más ayuda qe su vos prodigiosa y toda su pinta, que era mucha.
“Hoy no hay guita ni de asalto
Y el puchero está tan alto
Que hay que usar el trampolín”
Gardel fue cantor de una Argentina floreciente, granero del mundo, país
con aire europeo, con sus mares de trigo. De una Argentina que fundara por
tercera vez Charles Tellier, cuando pudo meter los frigoríficos en los barcos
para llevar carne y traer libras esterlinas.
Pero también fue cantor de la crisis del ’30 y de sus consecuencias, que
duraron varios años.
Sus tangos de esa época, hoy, sesenta años después, tienen la vigencia de
una realidad dolorosa y difícil.
“En la plateada esfera del reloj
Las horas agonizan,
Se niegan a pasar”
Pero pasaron las horas y los años, sesenta nada menos, y Gardel, sinónimo
de triunfo en el lenguaje diario, sigue presente, próximo ya a entrar con su
recuerdo en otro siglo, con su “funghi”, sus Margots, las milonguitas de
Chiclana, sus amores de estudiantes, las Peggi y las Julis.
Como “el pasado que vuelve a enfrentarse con la vida”, como “la rosa que
engalana” vestida “de fiesta con su mejor color”, homenaje eterno a este
mitológico Carlos Gardel, parte tan importante de nuestras vidas.
ERA LUGONES
Flores del 30. Aroma se glicinas y las niñas casamenteras
yendo los domingos a misa de Once, la que inmortalizara la canción homónima. En
el señorial Club de Flores, centro de la vida social del barrio, se
entrelazaban amistades y nacían los noviazgos.
En ese
Club, en un día soleado de primavera en 1935, se disputo la Copa Contralmirante
Ricardo Hermelo, en la que participó Félix con sus 14 años yo como un espectador
de 8 años , asomándome a un mundo que seria la pasión de nuestras vidas.
De ese día conserve durante años
solamente un flash. Un señor grande de edad, sentado al lado de mi padre, valiéndose
de las manos jugaba a hacer esgrima conmigo, que saltaba sin ninguna timidez,
siguiendo el juego bajo la mirada atenta de mi padre.
Pasaron
muchos años y el flash quedo guardado en
mi memoria como una vieja fotografía, sin nombres, sin lugares. Hasta que en un reportaje que nos hiciera Felix
D.Frascara, director de la revista El Grafico y uno de los mejores periodistas deportivos del país, mi padre
dijo: “Fíjese si Fulvio habrá empezado
joven que hizo esgrima con Lugones. Entonces fue que el Flash tomo vida y la
explicación de Don Felice aclaró el resto.
Leopoldo
Lugones, fanático de la esgrima y los
duelos practicaba el deporte en el Circulo militar y a veces concurría a ver
algún torneo. Amigo de mi padre jugaba
conmigo mientras conversaba con el. Y así supe muchos años después que ese señor era nada menos que D. Leopoldo Lugones
Manuel
Gálvez lo describió como una personalidad poderosa de gestos viriles y palabra
rotunda y brillante. Escritor y político que recorrió todos los caminos del
pensamiento desde el nihilismo destructor y el anarquismo de su juventud
extrema hasta el militarismo aristocrático, el que cuando llegó lo que el
llamaría la hora de la espada; lo desilusionaría no siendo para nada lo que él
esperaba.
Al
contrario de los políticos de hoy que
cambian de ideología en procura de dadivas o negociados, Lugones creía en la
sinceridad de sus cambios de ideas. Vivió con su modesto sueldo de Director de
bibliotecas, matizado con algún Congreso en Europa y nada más.
Se
desilusionaría de todo. Creyó que el
Presidente Justo era el hombre del Destino y en cambio inauguró el
fraude de la década infame. Quisieron minimizarlo llamándolo solamente el poeta
Lugones. No se habían equivocado. Así debe llamárselo porque fue el más grande
y el que sobrevoló la envidia con las alas de su capacidad y de su talento.
El Horror
La primera bomba
de 100 cayó en la plaza y causó las primeras víctimas. La segunda en el blanco
elegido: la Casa de Gobierno. La tercera en un trolebús que pasaba por detrás
de la Casa Rosada ,
matando por el impacto a todos los que viajaban, hombres, mujeres y niños que
iban a clase.
Así, entre polvo
sangre y gritos, comenzó la más insólita y más cruel tragedia de nuestra
historia.
La inconfundible
voz del amigo Spinetto, secretario de la Presidencia del Banco de la Pcia. de Bs As, me despertó a
primera hora del 16 de Julio de 1955, recordándole que a las 11 horas se
realizaba un desagravio en el hall principal del Banco y que el Presidente
Vivas le había recordado llamar también a los martilleros.
Vivas era un
excelente y cuidadoso Presidente del Banco que nos trataba con mucha diferencia
a los once que componíamos el grupo. A tal punto que nos recibía frecuentemente
para interrogarse de nuestro trabajo.
Como Félix se
encontraba en Treuque Lauquen visitando un campo a subastar, enfilé el Chevrolet
50 que compartíamos, rumbo a Plaza de Mayo.
Todo presentaba
un aspecto normal en la plaza, en ese día nublado de junio, con gente entrando
y saliendo del Banco Nación y de la Intendencia. Otros cruzando la Plaza , chicos jugando y
ancianos ajenos a todo dando de comer a las palomas. Lo que no dejó de llamarme
la atención fue el estacionamiento de la Casa
Rosada por el lado de Balcarce, lleno de autos. Muchos con
“chapa blanca”. Los cuidadores que nos conocían y nos permitían estacionar allí
se apresuraron a hacerme señas para que siguiera. No había lugar. Doblé
entonces por San Martín y me detuve frente a la puerta del Banco.
Me pareció como
si la preocupación al entrar flotara en el aire. Spinetto alcanzó a decirme
“Algo va a pasar, el ambiente está muy pesado. Vivas habló varias veces con el
Ministro de Economía.”
Es que la
procesión de Corpus Criste dos días antes había reunido una enorme multitud,
más de 100.000 personas en la que hasta los comunistas desfilaron frente a la Catedral ; no se hicieron
la señal de la Cruz
pero tampoco alzaron el puño, por aquello de que “el enemigo de mi enemigo es
mi amigo”,
Argentina es un
país religioso. Siempre lo ha sido, y la movida contra la Iglesia era muy difícil de
entender y menos de digerir. ¿Sería por la probable formación de un partido
Demócrata Cristiano con apoyo de la iglesia? ¿O la necesidad de un antagonista
importante para cohesionar las filas del movimiento? Lo cierto es que una vez
lanzada rodó como una bola que se agranda y se vuelve imparable.
En la reunión
había caras serias y conciliábulos. Se notaba un clima pesado. El acto fue
inusitadamente breve así que, después de saludar a Vivas y abrazarme con
Spinetto, salí con uno de mis colegas: el martillero Pafundo. No hacía más de
diez minutos que conversábamos en la puerta del banco sobre los hechos que se
sucedían rápidamente en el país y de nuestro próximo trabajo, cuando se escuchó
la primera explosión.
Pensé que era
una bomba pero nunca que se trataba de un bombardero por aire. Casi sin tiempo
para reaccionar, sonó la segunda. Estupefactos, vimos a los primeros civiles
que venían corriendo por San Martín. Hubo una tercera explosión y luego todo
fue confusión, gritos y gente que huía despavorida.
¡Vamos a ver!
Dijo Pafundo y vamos contesté yo, pero llegamos sólo hasta la esquina de San
Martín y la Plaza ,
donde me encontré con Héctor López, un compañero de esgrima que representaba al
Círculo de Esgrima Galimi.
Demudado,
cubierto de polvo, presa del shock, me abrazó mientras gritaba: “¡Salgamos de
aquí! ¡Nos van a matar a todos! Están ametrallando. Oímos otras explosiones
seguidas mientras la gente nos llevaba por delante presa del pánico.
Nos fuimos casi
corriendo. Pafundo a buscar su coche.
A Héctor
mientras subía al auto, una mujer con una nena de pocos años lo abrazó gritando
¡Sáqueme de aquí! ¡Sáqueme! Subila, subila, grité. Las sentó atrás. Todo se
desarrollaba con una confusión de grito y llanto.
Arranqué mientras
Héctor gritaba a voz en cuello “¡Hijos
de puta! ¡Hijos de puta! Y la nena ajena preguntaba a su mamá: “¿Por qué nos
quieren matar?” Algunos al pasar pateaban el auto, descargándose como podían.
Las dejé en su
domicilio, Bartolomé Mitre y Callao. Se seguían oyendo explosiones porque
bombardeaban el Cuartel de Policía cercano. Nos fuimos para mi casa donde al
llegar nos tomamos un whisky para reaccionar, mientas Héctor me contaba que
había visto a una señora sentada en el piso mirándose la pierna que le habían
volado y que eso lo había enloquecido.
La foto de esa
señora que apareció en el libro La
Masacre de Plaza de Mayo de Echague era
impresionante porque la mujer mira la mitad de su pierna sin gritar ni hacer
ningún gesto.
Los días
siguientes fueron de expectativa y confusión. El gobierno tapó lo más posible
lo sucedido. Quiso ocultar lo inocultable. Adoptó una posición conciliadora.
Los aviones que había bombardeado y ametrallado en la plaza se fueron a
Uruguay. Uno de ellos regresó desde el río y descargo su tanque de nafta sobre
un grupo tardío que enarbolaba palos. Los tanques explotaron como bombas de
NAPALM. Echague estudiando las fotografías descubrió que todo el grupo había muerto calcinado Era el
debut de las bombas Napalm que se usaron en Viet Nam
Fue el acto más
triste y salvaje de ese día único en la historia. Una vez más los “hombres de
negro” usaban a los militares. Eran los mismos que 100 años después repetían la
maniobra en la que aconsejaron a Lavalle fusilar a Dorrego en cartas como en la
que Bonifacio del Carril terminaba escribiendo: “cartas como esta se destruyen”.
Pero Lavalle, que era tan valiente como ingenuo, no hizo caso y se cuidó bien
de guardarla. Pasó a ser un documento único de nuestra historia denunciando una
posición que se repetiría muchas veces a lo largo del tiempo.
Los años y los
estudios realizados sobre este episodio, una de los más crueles de la historia
argentina, aclaró que todos sabían las pocas posibilidades de matar a Perón con
esa masacre.
La acción
llevaba más bien la idea de amedrentar al pueblo y mostrar hasta donde eran capaces
de llegar los rebeldes. Más de 300 muertos y 1.500 heridos había costado el
golpe.
No hubo justicia
para los que murieron esa mañana. Los actores intelectuales, se convirtieron en
ministro o altos funcionarios y los materiales no fueron sancionados y
disfrutaron una vida tranquila aunque supongo que alguna noche los habrán
visitado fantasmas de los que mataron esa mañana desgraciada. No hubo justicia
para ese crimen de lesa humanidad. La aviación argentina lavó esa mancha casi
treinta años después con su accionar en la guerra de Malvinas donde fueron
auténticos héroes.
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