La primera bomba
de 100 cayó en la plaza y causó las primeras víctimas. La segunda en el blanco
elegido: la Casa de Gobierno. La tercera en un trolebús que pasaba por detrás
de la Casa Rosada ,
matando por el impacto a todos los que viajaban, hombres, mujeres y niños que
iban a clase.
Así, entre polvo
sangre y gritos, comenzó la más insólita y más cruel tragedia de nuestra
historia.
La inconfundible
voz del amigo Spinetto, secretario de la Presidencia del Banco de la Pcia. de Bs As, me despertó a
primera hora del 16 de Julio de 1955, recordándole que a las 11 horas se
realizaba un desagravio en el hall principal del Banco y que el Presidente
Vivas le había recordado llamar también a los martilleros.
Vivas era un
excelente y cuidadoso Presidente del Banco que nos trataba con mucha diferencia
a los once que componíamos el grupo. A tal punto que nos recibía frecuentemente
para interrogarse de nuestro trabajo.
Como Félix se
encontraba en Treuque Lauquen visitando un campo a subastar, enfilé el Chevrolet
50 que compartíamos, rumbo a Plaza de Mayo.
Todo presentaba
un aspecto normal en la plaza, en ese día nublado de junio, con gente entrando
y saliendo del Banco Nación y de la Intendencia. Otros cruzando la Plaza , chicos jugando y
ancianos ajenos a todo dando de comer a las palomas. Lo que no dejó de llamarme
la atención fue el estacionamiento de la Casa
Rosada por el lado de Balcarce, lleno de autos. Muchos con
“chapa blanca”. Los cuidadores que nos conocían y nos permitían estacionar allí
se apresuraron a hacerme señas para que siguiera. No había lugar. Doblé
entonces por San Martín y me detuve frente a la puerta del Banco.
Me pareció como
si la preocupación al entrar flotara en el aire. Spinetto alcanzó a decirme
“Algo va a pasar, el ambiente está muy pesado. Vivas habló varias veces con el
Ministro de Economía.”
Es que la
procesión de Corpus Criste dos días antes había reunido una enorme multitud,
más de 100.000 personas en la que hasta los comunistas desfilaron frente a la Catedral ; no se hicieron
la señal de la Cruz
pero tampoco alzaron el puño, por aquello de que “el enemigo de mi enemigo es
mi amigo”,
Argentina es un
país religioso. Siempre lo ha sido, y la movida contra la Iglesia era muy difícil de
entender y menos de digerir. ¿Sería por la probable formación de un partido
Demócrata Cristiano con apoyo de la iglesia? ¿O la necesidad de un antagonista
importante para cohesionar las filas del movimiento? Lo cierto es que una vez
lanzada rodó como una bola que se agranda y se vuelve imparable.
En la reunión
había caras serias y conciliábulos. Se notaba un clima pesado. El acto fue
inusitadamente breve así que, después de saludar a Vivas y abrazarme con
Spinetto, salí con uno de mis colegas: el martillero Pafundo. No hacía más de
diez minutos que conversábamos en la puerta del banco sobre los hechos que se
sucedían rápidamente en el país y de nuestro próximo trabajo, cuando se escuchó
la primera explosión.
Pensé que era
una bomba pero nunca que se trataba de un bombardero por aire. Casi sin tiempo
para reaccionar, sonó la segunda. Estupefactos, vimos a los primeros civiles
que venían corriendo por San Martín. Hubo una tercera explosión y luego todo
fue confusión, gritos y gente que huía despavorida.
¡Vamos a ver!
Dijo Pafundo y vamos contesté yo, pero llegamos sólo hasta la esquina de San
Martín y la Plaza ,
donde me encontré con Héctor López, un compañero de esgrima que representaba al
Círculo de Esgrima Galimi.
Demudado,
cubierto de polvo, presa del shock, me abrazó mientras gritaba: “¡Salgamos de
aquí! ¡Nos van a matar a todos! Están ametrallando. Oímos otras explosiones
seguidas mientras la gente nos llevaba por delante presa del pánico.
Nos fuimos casi
corriendo. Pafundo a buscar su coche.
A Héctor
mientras subía al auto, una mujer con una nena de pocos años lo abrazó gritando
¡Sáqueme de aquí! ¡Sáqueme! Subila, subila, grité. Las sentó atrás. Todo se
desarrollaba con una confusión de grito y llanto.
Arranqué mientras
Héctor gritaba a voz en cuello “¡Hijos
de puta! ¡Hijos de puta! Y la nena ajena preguntaba a su mamá: “¿Por qué nos
quieren matar?” Algunos al pasar pateaban el auto, descargándose como podían.
Las dejé en su
domicilio, Bartolomé Mitre y Callao. Se seguían oyendo explosiones porque
bombardeaban el Cuartel de Policía cercano. Nos fuimos para mi casa donde al
llegar nos tomamos un whisky para reaccionar, mientas Héctor me contaba que
había visto a una señora sentada en el piso mirándose la pierna que le habían
volado y que eso lo había enloquecido.
La foto de esa
señora que apareció en el libro La
Masacre de Plaza de Mayo de Echague era
impresionante porque la mujer mira la mitad de su pierna sin gritar ni hacer
ningún gesto.
Los días
siguientes fueron de expectativa y confusión. El gobierno tapó lo más posible
lo sucedido. Quiso ocultar lo inocultable. Adoptó una posición conciliadora.
Los aviones que había bombardeado y ametrallado en la plaza se fueron a
Uruguay. Uno de ellos regresó desde el río y descargo su tanque de nafta sobre
un grupo tardío que enarbolaba palos. Los tanques explotaron como bombas de
NAPALM. Echague estudiando las fotografías descubrió que todo el grupo había muerto calcinado Era el
debut de las bombas Napalm que se usaron en Viet Nam
Fue el acto más
triste y salvaje de ese día único en la historia. Una vez más los “hombres de
negro” usaban a los militares. Eran los mismos que 100 años después repetían la
maniobra en la que aconsejaron a Lavalle fusilar a Dorrego en cartas como en la
que Bonifacio del Carril terminaba escribiendo: “cartas como esta se destruyen”.
Pero Lavalle, que era tan valiente como ingenuo, no hizo caso y se cuidó bien
de guardarla. Pasó a ser un documento único de nuestra historia denunciando una
posición que se repetiría muchas veces a lo largo del tiempo.
Los años y los
estudios realizados sobre este episodio, una de los más crueles de la historia
argentina, aclaró que todos sabían las pocas posibilidades de matar a Perón con
esa masacre.
La acción
llevaba más bien la idea de amedrentar al pueblo y mostrar hasta donde eran capaces
de llegar los rebeldes. Más de 300 muertos y 1.500 heridos había costado el
golpe.
No hubo justicia
para los que murieron esa mañana. Los actores intelectuales, se convirtieron en
ministro o altos funcionarios y los materiales no fueron sancionados y
disfrutaron una vida tranquila aunque supongo que alguna noche los habrán
visitado fantasmas de los que mataron esa mañana desgraciada. No hubo justicia
para ese crimen de lesa humanidad. La aviación argentina lavó esa mancha casi
treinta años después con su accionar en la guerra de Malvinas donde fueron
auténticos héroes.

Extraordinario relato de alguien que lo vivió de cerca....
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