sábado, 15 de junio de 2013

El Horror

La primera bomba de 100 cayó en la plaza y causó las primeras víctimas. La segunda en el blanco elegido: la Casa de Gobierno. La tercera en un trolebús que pasaba por detrás de la Casa Rosada, matando por el impacto a todos los que viajaban, hombres, mujeres y niños que iban a clase.

Así, entre polvo sangre y gritos, comenzó la más insólita y más cruel tragedia de nuestra historia.

La inconfundible voz del amigo Spinetto, secretario de la Presidencia del Banco de la Pcia. de Bs As, me despertó a primera hora del 16 de Julio de 1955, recordándole que a las 11 horas se realizaba un desagravio en el hall principal del Banco y que el Presidente Vivas le había recordado llamar también a los martilleros.

Vivas era un excelente y cuidadoso Presidente del Banco que nos trataba con mucha diferencia a los once que componíamos el grupo. A tal punto que nos recibía frecuentemente para interrogarse de nuestro trabajo.

Como Félix se encontraba en Treuque Lauquen visitando un campo a subastar, enfilé el Chevrolet 50 que compartíamos, rumbo a Plaza de Mayo.

Todo presentaba un aspecto normal en la plaza, en ese día nublado de junio, con gente entrando y saliendo del Banco Nación y de la Intendencia. Otros cruzando la Plaza, chicos jugando y ancianos ajenos a todo dando de comer a las palomas. Lo que no dejó de llamarme la atención fue el estacionamiento de la Casa Rosada por el lado de Balcarce, lleno de autos. Muchos con “chapa blanca”. Los cuidadores que nos conocían y nos permitían estacionar allí se apresuraron a hacerme señas para que siguiera. No había lugar. Doblé entonces por San Martín y me detuve frente a la puerta del Banco.

Me pareció como si la preocupación al entrar flotara en el aire. Spinetto alcanzó a decirme “Algo va a pasar, el ambiente está muy pesado. Vivas habló varias veces con el Ministro de Economía.”

Es que la procesión de Corpus Criste dos días antes había reunido una enorme multitud, más de 100.000 personas en la que hasta los comunistas desfilaron frente a la Catedral; no se hicieron la señal de la Cruz pero tampoco alzaron el puño, por aquello de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”,

Argentina es un país religioso. Siempre lo ha sido, y la movida contra la Iglesia era muy difícil de entender y menos de digerir. ¿Sería por la probable formación de un partido Demócrata Cristiano con apoyo de la iglesia? ¿O la necesidad de un antagonista importante para cohesionar las filas del movimiento? Lo cierto es que una vez lanzada rodó como una bola que se agranda y se vuelve imparable.

En la reunión había caras serias y conciliábulos. Se notaba un clima pesado. El acto fue inusitadamente breve así que, después de saludar a Vivas y abrazarme con Spinetto, salí con uno de mis colegas: el martillero Pafundo. No hacía más de diez minutos que conversábamos en la puerta del banco sobre los hechos que se sucedían rápidamente en el país y de nuestro próximo trabajo, cuando se escuchó la primera explosión.

Pensé que era una bomba pero nunca que se trataba de un bombardero por aire. Casi sin tiempo para reaccionar, sonó la segunda. Estupefactos, vimos a los primeros civiles que venían corriendo por San Martín. Hubo una tercera explosión y luego todo fue confusión, gritos y gente que huía despavorida.

¡Vamos a ver! Dijo Pafundo y vamos contesté yo, pero llegamos sólo hasta la esquina de San Martín y la Plaza, donde me encontré con Héctor López, un compañero de esgrima que representaba al Círculo de Esgrima Galimi.

Demudado, cubierto de polvo, presa del shock, me abrazó mientras gritaba: “¡Salgamos de aquí! ¡Nos van a matar a todos! Están ametrallando. Oímos otras explosiones seguidas mientras la gente nos llevaba por delante presa del pánico.

Nos fuimos casi corriendo. Pafundo a buscar su coche.

A Héctor mientras subía al auto, una mujer con una nena de pocos años lo abrazó gritando ¡Sáqueme de aquí! ¡Sáqueme! Subila, subila, grité. Las sentó atrás. Todo se desarrollaba con una confusión de grito y llanto.

Arranqué mientras Héctor gritaba a voz en  cuello “¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta! Y la nena ajena preguntaba a su mamá: “¿Por qué nos quieren matar?” Algunos al pasar pateaban el auto, descargándose como podían.

Las dejé en su domicilio, Bartolomé Mitre y Callao. Se seguían oyendo explosiones porque bombardeaban el Cuartel de Policía cercano. Nos fuimos para mi casa donde al llegar nos tomamos un whisky para reaccionar, mientas Héctor me contaba que había visto a una señora sentada en el piso mirándose la pierna que le habían volado y que eso lo había enloquecido.

La foto de esa señora que apareció en el libro La Masacre de Plaza de Mayo de Echague era impresionante porque la mujer mira la mitad de su pierna sin gritar ni hacer ningún gesto.

Los días siguientes fueron de expectativa y confusión. El gobierno tapó lo más posible lo sucedido. Quiso ocultar lo inocultable. Adoptó una posición conciliadora. Los aviones que había bombardeado y ametrallado en la plaza se fueron a Uruguay. Uno de ellos regresó desde el río y descargo su tanque de nafta sobre un grupo tardío que enarbolaba palos. Los tanques explotaron como bombas de NAPALM. Echague estudiando las fotografías descubrió que  todo el grupo había muerto calcinado Era el debut de las bombas Napalm que se usaron en Viet Nam

Fue el acto más triste y salvaje de ese día único en la historia. Una vez más los “hombres de negro” usaban a los militares. Eran los mismos que 100 años después repetían la maniobra en la que aconsejaron a Lavalle fusilar a Dorrego en cartas como en la que Bonifacio del Carril terminaba escribiendo: “cartas como esta se destruyen”. Pero Lavalle, que era tan valiente como ingenuo, no hizo caso y se cuidó bien de guardarla. Pasó a ser un documento único de nuestra historia denunciando una posición que se repetiría muchas veces a lo largo del tiempo.

Los años y los estudios realizados sobre este episodio, una de los más crueles de la historia argentina, aclaró que todos sabían las pocas posibilidades de matar a Perón con esa masacre.

La acción llevaba más bien la idea de amedrentar al pueblo y mostrar hasta donde eran capaces de llegar los rebeldes. Más de 300 muertos y 1.500 heridos había costado el golpe.


No hubo justicia para los que murieron esa mañana. Los actores intelectuales, se convirtieron en ministro o altos funcionarios y los materiales no fueron sancionados y disfrutaron una vida tranquila aunque supongo que alguna noche los habrán visitado fantasmas de los que mataron esa mañana desgraciada. No hubo justicia para ese crimen de lesa humanidad. La aviación argentina lavó esa mancha casi treinta años después con su accionar en la guerra de Malvinas donde fueron auténticos héroes.  

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