sábado, 15 de junio de 2013

Guitarra, guitarra mía

                                            “Aquí en este Montmartre, Faubourg, sentimental, yo siento que el recuerdo…”

No conocí a Gardel por obvias razones generacionales, pero lo descubrí en París y ya grande. Vivíamos con mi hermano, durante una gira deportiva, en una pequeña habitación de un también pequeño hotel en el tradicional barrio de los estudiantes, es decir, de Montartre. Desde la ventana se divisaba la imponente mole de la catedral de Notre Dame y si nos esforzábamos podíamos ver el legendario Sena.

¿Quieren escuchar a Gardel? Y apareció un argentino que vivía en el mismo hotel, con una colección de 78 y una victrola de aquellas en las que había que respetar el ritmo de la cuerda y de la púa, que daba ese inconfundible sonido de antigüedad a la voz de los amigos el café, la novia y la familia, el campo y la ciudad, es decir, la patria toda.

“La guitarra en el ropero
Todavía está colgada
Nadie en ella canta, nada…”

Enrico Caruso, el más grande tenor de los tiempos, o por lo menos el más famoso, daba un do de pecho para lo cual recorría toda la escala musical y con la vibración producía esa última nota, entre verdad y leyenda, hacía añicos las copas de cristal.

Ya había oído yo de algunos músicos que las notas que tomaba Gardel eran excepcionales, pero Roberto Goyeneche dijo, y no hace mucho, que Gardel llegaba a un Re de pecho y que por eso nadie lo podía igualar.

“Cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel”
A que se debe esa fama cada vez mayor, esa permanencia en el tiempo que presencia el fanatismo de argentinos que ni lo conocieron ni lo oyeron. Solamente a través de viejos discos de pasta y de sus más viejas aún películas, proyectadas una y mil veces.

Quizás porque era el muchacho pobre, bueno y sencillo, al decir de Enrique Cadícamo, siempre de buen humor y dispuesto a ayudar a los amigos; que había escalado con sus triunfos todos lo niveles. Allí en ese París, que para el común de los argentinos de esa época era inaccesible, o en el deslumbrante Estados Unidos de los años de oro, había triunfado.

Era la reivindicación para la mayoría silenciosa. Por imperio de su voz y de su presencia alcanzaba lo que el argentino gris, rutinario, que vivía encasillado en la clase en que había nacido, no podía nunca alcanzar.

Por algo su foto más famosa lo muestra de riguroso frac. Para recordar al mundo que este hijo de inmigrantes que llegó pobre, recorrió el camino al éxito sin más ayuda qe su vos prodigiosa y toda su pinta, que era mucha.

“Hoy no hay guita ni de asalto
Y el puchero está tan alto
Que hay que usar el trampolín”
Gardel fue cantor de una Argentina floreciente, granero del mundo, país con aire europeo, con sus mares de trigo. De una Argentina que fundara por tercera vez Charles Tellier, cuando pudo meter los frigoríficos en los barcos para llevar carne y traer libras esterlinas.

Pero también fue cantor de la crisis del ’30 y de sus consecuencias, que duraron varios años.

Sus tangos de esa época, hoy, sesenta años después, tienen la vigencia de una realidad dolorosa y difícil.

“En la plateada esfera del reloj
Las horas agonizan,
Se niegan a pasar”

Pero pasaron las horas y los años, sesenta nada menos, y Gardel, sinónimo de triunfo en el lenguaje diario, sigue presente, próximo ya a entrar con su recuerdo en otro siglo, con su “funghi”, sus Margots, las milonguitas de Chiclana, sus amores de estudiantes, las Peggi y las Julis.


Como “el pasado que vuelve a enfrentarse con la vida”, como “la rosa que engalana” vestida “de fiesta con su mejor color”, homenaje eterno a este mitológico Carlos Gardel, parte tan importante de nuestras vidas.

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