Los miedos
¿Por qué no me mata ya? ¿Qué espera?
Me tiene aferrado, con su cuerpo de escamas romboides, marrones y amarillas,
aprisionado totalmente y me mira con sus ojos cegatones. Abre su boca de
mandíbula dislocada y cuando lucho por zafar me muestra sus colmillos afilados,
su lengua bífida y sus fauces rojas.
Tengo sólo un brazo libre y me aferro
a la piel de su cuello que siento suave y aterciopelada.
- ¿Por qué estoy así? ¿O habré estado
así siempre y la libertad ha sido sólo una ilusión?
En la penumbra que nos rodea veo
aproximarse un cortejo –adelante van niñas de guardapolvo y medias blancas que
pasan agitando sus manos, después siguen jóvenes con bleizer azul y pelo largo;
alzan los brazos en el saludo y atrás, hombres maduros que parecen de rostro conocido
como si los hubiera tratado alguna vez- no los reconozco en la penumbra que
sólo es iluminada a ratos por una luna redonda y brillante.
Está atenta, muy tensa –si alguien se
atreve a acercarse estoy seguro que me matará-.
Ahora reconozco la figura de mi madre
que avanza, se detiene, observa y sigue acercándose. El animal me oprime aún
más.
Quiero gritarle ¡no avances! No te
acerques…
Pero ella sigue… sigue. Porque las
madres no sienten el miedo cuando se trata de ayudar a sus hijos.
Y de pronto ya no hay nada. Todo ha
desaparecido. La noche, la luna, la horrible serpiente, el largo desfile de la
vida; todo, absolutamente todo…
Sólo mi madre, que se aleja y ahora
es una figura muy lejana y muy pequeña que parece despedirse de mí y volver a
la eternidad.
-¡Hey Susana! Anoche he tenido un
sueño espantoso, una tremenda pesadilla. ¿No se oían mis gritos ahogados?
Fijate que yo…
-No. No me digas nada. Sabés que no
tenés que comer mucho de noche y menos acostarte en seguida. Me voy, tengo
mucho para hacer. Acordate que hoy viene Mercedes. Por favor, que cambie todo y
chau. Nos vemos.
Mercedes tararea la última canción de
Luis Miguel.
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