Hace
30 años que soy mozo. He atendido en bares, confiterías de lujo, hoteles. Un
trabajo rutinario, si no fuera que, desde hace tiempo, me dedico a observar
algunos clientes. Sobre todo a parejas. Y así he visto vivir muchas historias
sentimentales. Porque las historias de amor, como esta que aquí les cuento,
comienzan en las confiterías. Luego saco mis conclusiones y, por supuesto,
nunca sé cómo terminan.
Ah,
olvidé decirles que trabajo en un nuevo bar, pequeño pero cordial. En la zona
más elegante y costosa de la ciudad.
Volviendo
a la pareja: él siempre llega antes, bastante antes. No hay duda que espera ese
encuentro con impaciencia. Acomoda las sillas para que la dama quede a su lado.
¿Dije
impaciente? No, exageradamente impaciente. Mira el reloj una y otra vez. Es una
forma de creer que el tiempo se puede adelantar. Son los difíciles momentos de
una relación que comienza.
Cuando
la ve acercarse, finge estar ocupado, leyendo el diario que, en realidad, ya lo
sabe de memoria. O escribiendo. Cree así demostrar, que ella no es su único
pensamiento.
Entonces
esboza una amplia sonrisa mientras la saluda y la mira. Joven aún, y muy linda.
Discreta al máximo y elegante en todos los detalles.
Su
rostro encierra una subyacente alegría que no exterioriza pero se adivina.
Conversan
animadamente durante casi una hora, como si fueran dos jóvenes que necesitaran
contarse algo velozmente, como si pudieran ganarle al tiempo.
A
las 16 en punto, ella lo saluda cariñosamente y se va.
Él
sale poco después con la alegría en su rostro. Es que ella, mágicamente, se la
ha transmitido.
Ahora
han pasado ya dos años desde la última vez que ella viniera. Él sigue
impertérrito su rutina. Los martes a las tres de la tarde, se sienta solo a
esperar. No ha perdido la costumbre de acomodar las sillas, ni de mirar por la
ventana, como si la esperara. Luego se ensimisma y se queda ausente de todo. En
este tiempo hemos ganado algo de confianza. Hablamos del clima, de los
clientes, algo de política, le cuento algunos problemas míos. Él me aconseja,
puesto que se trata de un señor mayor y con mucha experiencia.
Pero
hoy llueve torrencialmente y no hay nadie en el salón salvo él, así que me
animo a preguntarle:
-¿Y
la señora que venía siempre con usted? ¿Está bien?
No
parece molestarle la pregunta, como si la esperara.
-Sí,
creo que sí, se fue al exterior. Me escribió algunas veces y luego, usted sabe,
no supe más. Quizás se haya casado…
-Señor,
¿no cree que volverá algún día?
Por
toda respuesta, me muestra el reloj: marca las cuatro.
No
parece importarle que siga lloviendo copiosamente cuando se va.

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