Yo tenía sólo
dieciséis años. Estaba terminando el secundario. Ella dieciocho o diecinueve, o
quizás veinte o veintiuno. Nunca lo supe. Como iba a saberlo si no habíamos
hablado ni dos palabras. Lo que sí sabía bien, Lara que la veía, es que era
rubia, de ojos grandes y celestes, para mí enormes y diáfanos como el cielo más
puro que uno pueda imaginar. ¿Soy exagerado? Y cómo no habría de serlo, si
estaba tremendamente enamorado, con el ímpetu obstinado y poético de aquella
adolescencia todavía romántica de la época del cuarenta.
La conocí en una
sociedad italiana. Esas sociedades que se crearon durante el fascismo italiano,
con la idea de reivindicar el orgullo patrio en estas latitudes. Terminada la
guerra siguieron funcionando como clubes de barrios con un buen programa
cultural y social.
Si, la vi salir
a alrededor de las ocho de la tarde de un negocio de modas, justo enfrente en
donde yo vivía, Paraná al 500, zona comercial por excelencia. Presentí que allí
trabajaba.
Fue entonces que
me enfundé en el sobretodo que mi hermano que me había regalado, era grande por
todos lados, pero no era el momento para pensar en eso. Un pañuelo de seda de
mi madre al cuello, me pareció elegantísimo. Levanté las amplias solapas al
estilo Humphry Bogart, y todas las noches en la puerta de mi casa y todas las
noches en la puerta de mi casa permanecía oculto para verla salir. Y así
habrían pasado años porque jamás me hubiera animado a hablarlo, si no fuese
porque de golpe nos encontramos frente a frente.
-
Hola, usted no va a la sociedad de Flores, dijo.
-
Sí, sí, claro, contesté.
-
No sabe bailar algo criollo, preguntó.
-
No, no lamentablemente, no, ehh digo, sí.
-
Sí o no, dijo dubitativa.
-
Si, claro, aprendí cuando era joven…
Me miró con expresión entre extrañada y asombrada y agregó:
-
Nos falta gente para un espectáculo en el día de la
primavera. Yo bailaré justamente Primavera hermosa. Pero también, pensamos
completar con algo criollo. El pericón para todos y alguna zamba o gato. Se animará, ¿si o no? Me preguntó otra vez.
No aguardó mi respuesta y se fue mientras decía:
-
Vealá a Lidia Bertoni, que lo organiza. Nos reunimos
los sábados por la tarde. Lo espero…
-
Sí señorita Bertoni, lo que a usted le parezca. Y me
fui con el compromiso de bailar un gato, el consabido pericón nacional y
recitar los consejos del Martín Fierro a sus hijos.
Recurrí a mi compañero y amigo Aguirre Zabala, que siempre hablaba de sus
dones de bailarín criollo. Aceptó contento y fueron dulces sábados los que pasé
ensayando. Y tratando de hablar algo con
ella, cosa prácticamente imposible.
La función se acercaba y reparé que no tenía traje de gaucho, ni plata
para alquilarlo, así que improvisé como pude. Calcé botas de goma para lluvia,
un pantalón de esgrima que cerraba bajo la rodilla como chiripá. Como no
conseguí poncho, lo remplacé con una
faja de vasco colgando del hombro, un cinturón de colores en lugar de rastra y
sombrero negro de mi hermano, requintado. Todo lo cual nada tenía que ver con
un atuendo gauchesco. Pero como el “amor” es ciego, me parecía que estaba
bastante bien para salir a escena, sin reparar que todos me miraban con
curiosidad y cierto asombro.
La audiencia fue generosa. Y no pasó de una sonrisa ante mi estrafalario
aspecto. Luego me preparé para la cena que seguía a la fiesta, para lo cual
había llevado mi único traje, previo paso por la tintorería. Había una mesa
reservada para los que actuamos. Fue allí donde recibí un golpe cruel e
inesperado. Luisa de mis amores, la rubia de mis esperanzas, intercambiaba
brindis y sonrisas con un italiano bigotudo y barato a mi modo de ver, sentado
a su lado, en el que yo consideraba, mi lugar. Pero el golpe se convirtió en
definitivo cuando el susodicho personaje con voz estentórea y cruzando miradas
con mi “amor imposible” arrancó O sole mio. Fue el final. Adiós ilusión, adiós
sueños, adiós esperanza perdida entre la música de primavera hermosa, el
pericón nacional y O sole mio.
Y esto hubiera sido todo si no fuera que años después…no sé cuántos pero
bastantes, estando sentado en una mesa en la vereda de la confitería Tolón, en
Coronel Diaz y Santa Fe, pasaron delante mío. Ella adelante con un crio en los
brazos, otro de la mano y uno en la panza. Creo que me reconoció, puesto que se
sonrojó y vio para otro lado. Atrás caminaba el italiano, con otro chico de la
mano y la mirada extraviada. Ella había engordado mucho y perdido la alegría de
sus ojos chispeantes y esa gracia evanescente que me había enloquecido.
Entonces yo también dejé de mirar. Al fin y cabo me había traicionado. No era
una diosa, sino una mujer…como cualquier otra.




