lunes, 17 de junio de 2013

Luisa de mis amores

Yo tenía sólo dieciséis años. Estaba terminando el secundario. Ella dieciocho o diecinueve, o quizás veinte o veintiuno. Nunca lo supe. Como iba a saberlo si no habíamos hablado ni dos palabras. Lo que sí sabía bien, Lara que la veía, es que era rubia, de ojos grandes y celestes, para mí enormes y diáfanos como el cielo más puro que uno pueda imaginar. ¿Soy exagerado? Y cómo no habría de serlo, si estaba tremendamente enamorado, con el ímpetu obstinado y poético de aquella adolescencia todavía romántica de la época del cuarenta.

La conocí en una sociedad italiana. Esas sociedades que se crearon durante el fascismo italiano, con la idea de reivindicar el orgullo patrio en estas latitudes. Terminada la guerra siguieron funcionando como clubes de barrios con un buen programa cultural y social.

Si, la vi salir a alrededor de las ocho de la tarde de un negocio de modas, justo enfrente en donde yo vivía, Paraná al 500, zona comercial por excelencia. Presentí que allí trabajaba.

Fue entonces que me enfundé en el sobretodo que mi hermano que me había regalado, era grande por todos lados, pero no era el momento para pensar en eso. Un pañuelo de seda de mi madre al cuello, me pareció elegantísimo. Levanté las amplias solapas al estilo Humphry Bogart, y todas las noches en la puerta de mi casa y todas las noches en la puerta de mi casa permanecía oculto para verla salir. Y así habrían pasado años porque jamás me hubiera animado a hablarlo, si no fuese porque de golpe nos encontramos frente a frente.

-          Hola, usted no va a la sociedad de Flores, dijo.
-          Sí, sí, claro, contesté.
-          No sabe bailar algo criollo, preguntó.
-          No, no lamentablemente, no, ehh digo, sí.
-          Sí o no, dijo dubitativa.
-          Si, claro, aprendí cuando era joven…

Me miró con expresión entre extrañada y asombrada y agregó:

-          Nos falta gente para un espectáculo en el día de la primavera. Yo bailaré justamente Primavera hermosa. Pero también, pensamos completar con algo criollo. El pericón para todos y alguna zamba o gato.  Se animará, ¿si o no? Me preguntó otra vez.

No aguardó mi respuesta y se fue mientras decía:
-          Vealá a Lidia Bertoni, que lo organiza. Nos reunimos los sábados por la tarde. Lo espero…


-          Sí señorita Bertoni, lo que a usted le parezca. Y me fui con el compromiso de bailar un gato, el consabido pericón nacional y recitar los consejos del Martín Fierro a sus hijos.
Recurrí a mi compañero y amigo Aguirre Zabala, que siempre hablaba de sus dones de bailarín criollo. Aceptó contento y fueron dulces sábados los que pasé ensayando.  Y tratando de hablar algo con ella, cosa prácticamente imposible.

La función se acercaba y reparé que no tenía traje de gaucho, ni plata para alquilarlo, así que improvisé como pude. Calcé botas de goma para lluvia, un pantalón de esgrima que cerraba bajo la rodilla como chiripá. Como no conseguí  poncho, lo remplacé con una faja de vasco colgando del hombro, un cinturón de colores en lugar de rastra y sombrero negro de mi hermano, requintado. Todo lo cual nada tenía que ver con un atuendo gauchesco. Pero como el “amor” es ciego, me parecía que estaba bastante bien para salir a escena, sin reparar que todos me miraban con curiosidad y cierto asombro.

La audiencia fue generosa. Y no pasó de una sonrisa ante mi estrafalario aspecto. Luego me preparé para la cena que seguía a la fiesta, para lo cual había llevado mi único traje, previo paso por la tintorería. Había una mesa reservada para los que actuamos. Fue allí donde recibí un golpe cruel e inesperado. Luisa de mis amores, la rubia de mis esperanzas, intercambiaba brindis y sonrisas con un italiano bigotudo y barato a mi modo de ver, sentado a su lado, en el que yo consideraba, mi lugar. Pero el golpe se convirtió en definitivo cuando el susodicho personaje con voz estentórea y cruzando miradas con mi “amor imposible” arrancó O sole mio. Fue el final. Adiós ilusión, adiós sueños, adiós esperanza perdida entre la música de primavera hermosa, el pericón nacional y O sole mio.

Y esto hubiera sido todo si no fuera que años después…no sé cuántos pero bastantes, estando sentado en una mesa en la vereda de la confitería Tolón, en Coronel Diaz y Santa Fe, pasaron delante mío. Ella adelante con un crio en los brazos, otro de la mano y uno en la panza. Creo que me reconoció, puesto que se sonrojó y vio para otro lado. Atrás caminaba el italiano, con otro chico de la mano y la mirada extraviada. Ella había engordado mucho y perdido la alegría de sus ojos chispeantes y esa gracia evanescente que me había enloquecido. Entonces yo también dejé de mirar. Al fin y cabo me había traicionado. No era una diosa, sino una mujer…como cualquier otra.


Los miedos

Los miedos

¿Por qué no me mata ya? ¿Qué espera? Me tiene aferrado, con su cuerpo de escamas romboides, marrones y amarillas, aprisionado totalmente y me mira con sus ojos cegatones. Abre su boca de mandíbula dislocada y cuando lucho por zafar me muestra sus colmillos afilados, su lengua bífida y sus fauces rojas.
Tengo sólo un brazo libre y me aferro a la piel de su cuello que siento suave y aterciopelada.
- ¿Por qué estoy así? ¿O habré estado así siempre y la libertad ha sido sólo una ilusión?
En la penumbra que nos rodea veo aproximarse un cortejo –adelante van niñas de guardapolvo y medias blancas que pasan agitando sus manos, después siguen jóvenes con bleizer azul y pelo largo; alzan los brazos en el saludo y atrás, hombres maduros que parecen de rostro conocido como si los hubiera tratado alguna vez- no los reconozco en la penumbra que sólo es iluminada a ratos por una luna redonda y brillante. 
Está atenta, muy tensa –si alguien se atreve a acercarse estoy seguro que me matará-.
Ahora reconozco la figura de mi madre que avanza, se detiene, observa y sigue acercándose. El animal me oprime aún más.
Quiero gritarle ¡no avances! No te acerques…

Pero ella sigue… sigue. Porque las madres no sienten el miedo cuando se trata de ayudar a sus hijos.
Y de pronto ya no hay nada. Todo ha desaparecido. La noche, la luna, la horrible serpiente, el largo desfile de la vida; todo, absolutamente todo…
Sólo mi madre, que se aleja y ahora es una figura muy lejana y muy pequeña que parece despedirse de mí y volver a la eternidad.

-¡Hey Susana! Anoche he tenido un sueño espantoso, una tremenda pesadilla. ¿No se oían mis gritos ahogados? Fijate que yo…
-No. No me digas nada. Sabés que no tenés que comer mucho de noche y menos acostarte en seguida. Me voy, tengo mucho para hacer. Acordate que hoy viene Mercedes. Por favor, que cambie todo y chau. Nos vemos.

Mercedes tararea la última canción de Luis Miguel. 

sábado, 15 de junio de 2013

Los de la mesa seis

Hace 30 años que soy mozo. He atendido en bares, confiterías de lujo, hoteles. Un trabajo rutinario, si no fuera que, desde hace tiempo, me dedico a observar algunos clientes. Sobre todo a parejas. Y así he visto vivir muchas historias sentimentales. Porque las historias de amor, como esta que aquí les cuento, comienzan en las confiterías. Luego saco mis conclusiones y, por supuesto, nunca sé cómo terminan.

Ah, olvidé decirles que trabajo en un nuevo bar, pequeño pero cordial. En la zona más elegante y costosa de la ciudad.
Volviendo a la pareja: él siempre llega antes, bastante antes. No hay duda que espera ese encuentro con impaciencia. Acomoda las sillas para que la dama quede a su lado.
¿Dije impaciente? No, exageradamente impaciente. Mira el reloj una y otra vez. Es una forma de creer que el tiempo se puede adelantar. Son los difíciles momentos de una relación que comienza.
Cuando la ve acercarse, finge estar ocupado, leyendo el diario que, en realidad, ya lo sabe de memoria. O escribiendo. Cree así demostrar, que ella no es su único pensamiento.
Entonces esboza una amplia sonrisa mientras la saluda y la mira. Joven aún, y muy linda. Discreta al máximo y elegante en todos los detalles.
Su rostro encierra una subyacente alegría que no exterioriza pero se adivina.
Conversan animadamente durante casi una hora, como si fueran dos jóvenes que necesitaran contarse algo velozmente, como si pudieran ganarle al tiempo.
A las 16 en punto, ella lo saluda cariñosamente y se va.
Él sale poco después con la alegría en su rostro. Es que ella, mágicamente, se la ha transmitido.

Ahora han pasado ya dos años desde la última vez que ella viniera. Él sigue impertérrito su rutina. Los martes a las tres de la tarde, se sienta solo a esperar. No ha perdido la costumbre de acomodar las sillas, ni de mirar por la ventana, como si la esperara. Luego se ensimisma y se queda ausente de todo. En este tiempo hemos ganado algo de confianza. Hablamos del clima, de los clientes, algo de política, le cuento algunos problemas míos. Él me aconseja, puesto que se trata de un señor mayor y con mucha experiencia.
Pero hoy llueve torrencialmente y no hay nadie en el salón salvo él, así que me animo a preguntarle:
-¿Y la señora que venía siempre con usted? ¿Está bien?
No parece molestarle la pregunta, como si la esperara.
-Sí, creo que sí, se fue al exterior. Me escribió algunas veces y luego, usted sabe, no supe más. Quizás se haya casado…
-Señor, ¿no cree que volverá algún día?
Por toda respuesta, me muestra el reloj: marca las cuatro.


No parece importarle que siga lloviendo copiosamente cuando se va.

Guitarra, guitarra mía

                                            “Aquí en este Montmartre, Faubourg, sentimental, yo siento que el recuerdo…”

No conocí a Gardel por obvias razones generacionales, pero lo descubrí en París y ya grande. Vivíamos con mi hermano, durante una gira deportiva, en una pequeña habitación de un también pequeño hotel en el tradicional barrio de los estudiantes, es decir, de Montartre. Desde la ventana se divisaba la imponente mole de la catedral de Notre Dame y si nos esforzábamos podíamos ver el legendario Sena.

¿Quieren escuchar a Gardel? Y apareció un argentino que vivía en el mismo hotel, con una colección de 78 y una victrola de aquellas en las que había que respetar el ritmo de la cuerda y de la púa, que daba ese inconfundible sonido de antigüedad a la voz de los amigos el café, la novia y la familia, el campo y la ciudad, es decir, la patria toda.

“La guitarra en el ropero
Todavía está colgada
Nadie en ella canta, nada…”

Enrico Caruso, el más grande tenor de los tiempos, o por lo menos el más famoso, daba un do de pecho para lo cual recorría toda la escala musical y con la vibración producía esa última nota, entre verdad y leyenda, hacía añicos las copas de cristal.

Ya había oído yo de algunos músicos que las notas que tomaba Gardel eran excepcionales, pero Roberto Goyeneche dijo, y no hace mucho, que Gardel llegaba a un Re de pecho y que por eso nadie lo podía igualar.

“Cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel”
A que se debe esa fama cada vez mayor, esa permanencia en el tiempo que presencia el fanatismo de argentinos que ni lo conocieron ni lo oyeron. Solamente a través de viejos discos de pasta y de sus más viejas aún películas, proyectadas una y mil veces.

Quizás porque era el muchacho pobre, bueno y sencillo, al decir de Enrique Cadícamo, siempre de buen humor y dispuesto a ayudar a los amigos; que había escalado con sus triunfos todos lo niveles. Allí en ese París, que para el común de los argentinos de esa época era inaccesible, o en el deslumbrante Estados Unidos de los años de oro, había triunfado.

Era la reivindicación para la mayoría silenciosa. Por imperio de su voz y de su presencia alcanzaba lo que el argentino gris, rutinario, que vivía encasillado en la clase en que había nacido, no podía nunca alcanzar.

Por algo su foto más famosa lo muestra de riguroso frac. Para recordar al mundo que este hijo de inmigrantes que llegó pobre, recorrió el camino al éxito sin más ayuda qe su vos prodigiosa y toda su pinta, que era mucha.

“Hoy no hay guita ni de asalto
Y el puchero está tan alto
Que hay que usar el trampolín”
Gardel fue cantor de una Argentina floreciente, granero del mundo, país con aire europeo, con sus mares de trigo. De una Argentina que fundara por tercera vez Charles Tellier, cuando pudo meter los frigoríficos en los barcos para llevar carne y traer libras esterlinas.

Pero también fue cantor de la crisis del ’30 y de sus consecuencias, que duraron varios años.

Sus tangos de esa época, hoy, sesenta años después, tienen la vigencia de una realidad dolorosa y difícil.

“En la plateada esfera del reloj
Las horas agonizan,
Se niegan a pasar”

Pero pasaron las horas y los años, sesenta nada menos, y Gardel, sinónimo de triunfo en el lenguaje diario, sigue presente, próximo ya a entrar con su recuerdo en otro siglo, con su “funghi”, sus Margots, las milonguitas de Chiclana, sus amores de estudiantes, las Peggi y las Julis.


Como “el pasado que vuelve a enfrentarse con la vida”, como “la rosa que engalana” vestida “de fiesta con su mejor color”, homenaje eterno a este mitológico Carlos Gardel, parte tan importante de nuestras vidas.

ERA LUGONES

Flores  del 30. Aroma se glicinas y las niñas casamenteras yendo los domingos a misa de Once, la que inmortalizara la canción homónima. En el señorial Club de Flores, centro de la vida social del barrio, se entrelazaban amistades y nacían los noviazgos.
En ese Club, en un día soleado de primavera en 1935, se disputo la Copa Contralmirante Ricardo Hermelo, en la que participó Félix con sus 14 años yo como un  espectador  de 8 años , asomándome a un mundo que seria la pasión de nuestras vidas. De ese  día conserve durante años solamente un flash. Un señor grande de edad, sentado al lado de mi padre, valiéndose de las manos jugaba a hacer esgrima conmigo, que saltaba sin ninguna timidez, siguiendo el juego bajo la mirada atenta de mi padre.
Pasaron muchos años y el flash  quedo guardado en mi memoria como una vieja fotografía, sin nombres, sin lugares. Hasta que  en un reportaje que nos hiciera Felix D.Frascara, director de la revista El Grafico y uno de los mejores  periodistas deportivos del país, mi padre dijo: “Fíjese si Fulvio  habrá empezado joven que hizo esgrima con Lugones. Entonces fue que el Flash tomo vida y la explicación de Don Felice aclaró el resto.
Leopoldo Lugones, fanático de la esgrima  y los duelos practicaba el deporte en el Circulo militar y a veces concurría a ver algún  torneo. Amigo de mi padre jugaba conmigo mientras conversaba con el. Y así supe muchos años después que ese  señor era nada menos que D. Leopoldo Lugones
Manuel Gálvez lo describió como una personalidad poderosa de gestos viriles y palabra rotunda y brillante. Escritor y político que recorrió todos los caminos del pensamiento desde el nihilismo destructor y el anarquismo de su juventud extrema hasta el militarismo aristocrático, el que cuando llegó lo que el llamaría la hora de la espada; lo desilusionaría no siendo para nada lo que él esperaba.
Al contrario  de los políticos de hoy que cambian de ideología en procura de dadivas o negociados, Lugones creía en la sinceridad de sus cambios de ideas. Vivió con su modesto sueldo de Director de bibliotecas, matizado con algún Congreso en Europa y nada más.
Se desilusionaría de todo. Creyó que el  Presidente Justo era el hombre del Destino y en cambio inauguró el fraude de la década infame. Quisieron minimizarlo llamándolo solamente el poeta Lugones. No se habían equivocado. Así debe llamárselo porque fue el más grande y el que sobrevoló la envidia con las alas de su capacidad y de su talento.




El Horror

La primera bomba de 100 cayó en la plaza y causó las primeras víctimas. La segunda en el blanco elegido: la Casa de Gobierno. La tercera en un trolebús que pasaba por detrás de la Casa Rosada, matando por el impacto a todos los que viajaban, hombres, mujeres y niños que iban a clase.

Así, entre polvo sangre y gritos, comenzó la más insólita y más cruel tragedia de nuestra historia.

La inconfundible voz del amigo Spinetto, secretario de la Presidencia del Banco de la Pcia. de Bs As, me despertó a primera hora del 16 de Julio de 1955, recordándole que a las 11 horas se realizaba un desagravio en el hall principal del Banco y que el Presidente Vivas le había recordado llamar también a los martilleros.

Vivas era un excelente y cuidadoso Presidente del Banco que nos trataba con mucha diferencia a los once que componíamos el grupo. A tal punto que nos recibía frecuentemente para interrogarse de nuestro trabajo.

Como Félix se encontraba en Treuque Lauquen visitando un campo a subastar, enfilé el Chevrolet 50 que compartíamos, rumbo a Plaza de Mayo.

Todo presentaba un aspecto normal en la plaza, en ese día nublado de junio, con gente entrando y saliendo del Banco Nación y de la Intendencia. Otros cruzando la Plaza, chicos jugando y ancianos ajenos a todo dando de comer a las palomas. Lo que no dejó de llamarme la atención fue el estacionamiento de la Casa Rosada por el lado de Balcarce, lleno de autos. Muchos con “chapa blanca”. Los cuidadores que nos conocían y nos permitían estacionar allí se apresuraron a hacerme señas para que siguiera. No había lugar. Doblé entonces por San Martín y me detuve frente a la puerta del Banco.

Me pareció como si la preocupación al entrar flotara en el aire. Spinetto alcanzó a decirme “Algo va a pasar, el ambiente está muy pesado. Vivas habló varias veces con el Ministro de Economía.”

Es que la procesión de Corpus Criste dos días antes había reunido una enorme multitud, más de 100.000 personas en la que hasta los comunistas desfilaron frente a la Catedral; no se hicieron la señal de la Cruz pero tampoco alzaron el puño, por aquello de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”,

Argentina es un país religioso. Siempre lo ha sido, y la movida contra la Iglesia era muy difícil de entender y menos de digerir. ¿Sería por la probable formación de un partido Demócrata Cristiano con apoyo de la iglesia? ¿O la necesidad de un antagonista importante para cohesionar las filas del movimiento? Lo cierto es que una vez lanzada rodó como una bola que se agranda y se vuelve imparable.

En la reunión había caras serias y conciliábulos. Se notaba un clima pesado. El acto fue inusitadamente breve así que, después de saludar a Vivas y abrazarme con Spinetto, salí con uno de mis colegas: el martillero Pafundo. No hacía más de diez minutos que conversábamos en la puerta del banco sobre los hechos que se sucedían rápidamente en el país y de nuestro próximo trabajo, cuando se escuchó la primera explosión.

Pensé que era una bomba pero nunca que se trataba de un bombardero por aire. Casi sin tiempo para reaccionar, sonó la segunda. Estupefactos, vimos a los primeros civiles que venían corriendo por San Martín. Hubo una tercera explosión y luego todo fue confusión, gritos y gente que huía despavorida.

¡Vamos a ver! Dijo Pafundo y vamos contesté yo, pero llegamos sólo hasta la esquina de San Martín y la Plaza, donde me encontré con Héctor López, un compañero de esgrima que representaba al Círculo de Esgrima Galimi.

Demudado, cubierto de polvo, presa del shock, me abrazó mientras gritaba: “¡Salgamos de aquí! ¡Nos van a matar a todos! Están ametrallando. Oímos otras explosiones seguidas mientras la gente nos llevaba por delante presa del pánico.

Nos fuimos casi corriendo. Pafundo a buscar su coche.

A Héctor mientras subía al auto, una mujer con una nena de pocos años lo abrazó gritando ¡Sáqueme de aquí! ¡Sáqueme! Subila, subila, grité. Las sentó atrás. Todo se desarrollaba con una confusión de grito y llanto.

Arranqué mientras Héctor gritaba a voz en  cuello “¡Hijos de puta! ¡Hijos de puta! Y la nena ajena preguntaba a su mamá: “¿Por qué nos quieren matar?” Algunos al pasar pateaban el auto, descargándose como podían.

Las dejé en su domicilio, Bartolomé Mitre y Callao. Se seguían oyendo explosiones porque bombardeaban el Cuartel de Policía cercano. Nos fuimos para mi casa donde al llegar nos tomamos un whisky para reaccionar, mientas Héctor me contaba que había visto a una señora sentada en el piso mirándose la pierna que le habían volado y que eso lo había enloquecido.

La foto de esa señora que apareció en el libro La Masacre de Plaza de Mayo de Echague era impresionante porque la mujer mira la mitad de su pierna sin gritar ni hacer ningún gesto.

Los días siguientes fueron de expectativa y confusión. El gobierno tapó lo más posible lo sucedido. Quiso ocultar lo inocultable. Adoptó una posición conciliadora. Los aviones que había bombardeado y ametrallado en la plaza se fueron a Uruguay. Uno de ellos regresó desde el río y descargo su tanque de nafta sobre un grupo tardío que enarbolaba palos. Los tanques explotaron como bombas de NAPALM. Echague estudiando las fotografías descubrió que  todo el grupo había muerto calcinado Era el debut de las bombas Napalm que se usaron en Viet Nam

Fue el acto más triste y salvaje de ese día único en la historia. Una vez más los “hombres de negro” usaban a los militares. Eran los mismos que 100 años después repetían la maniobra en la que aconsejaron a Lavalle fusilar a Dorrego en cartas como en la que Bonifacio del Carril terminaba escribiendo: “cartas como esta se destruyen”. Pero Lavalle, que era tan valiente como ingenuo, no hizo caso y se cuidó bien de guardarla. Pasó a ser un documento único de nuestra historia denunciando una posición que se repetiría muchas veces a lo largo del tiempo.

Los años y los estudios realizados sobre este episodio, una de los más crueles de la historia argentina, aclaró que todos sabían las pocas posibilidades de matar a Perón con esa masacre.

La acción llevaba más bien la idea de amedrentar al pueblo y mostrar hasta donde eran capaces de llegar los rebeldes. Más de 300 muertos y 1.500 heridos había costado el golpe.


No hubo justicia para los que murieron esa mañana. Los actores intelectuales, se convirtieron en ministro o altos funcionarios y los materiales no fueron sancionados y disfrutaron una vida tranquila aunque supongo que alguna noche los habrán visitado fantasmas de los que mataron esa mañana desgraciada. No hubo justicia para ese crimen de lesa humanidad. La aviación argentina lavó esa mancha casi treinta años después con su accionar en la guerra de Malvinas donde fueron auténticos héroes.  

De copas con Faruk

“¿Por qué no suben y lo ven a Faruk? Sí, a Faruk, el rey, está arriba. Mírelo desde la puerta. Seguro que está comiendo Spaghetti”, dijo Ana con su simpático acento cordobés.


Esa calurosa noche de verano, la última que pasábamos en Roma, decidimos salir a caminar un poco por la ciudad que realmente no podía tener mejor sobrenombre que la Ciudad Eterna.

Raúl se había empeñado en ir a bailar. Bailarín y cantor si alguien le alcanzaba una guitarra, se convertía en el centro de la reunión, al unir a su tonada cordobesa una natural simpatía. Caminamos por la orilla del Tevere y finalmente nos encontramos en Vía Veneto.  No era la Roma de hoy, pujante y bellísima. Todavía Italia no había hecho su espectacular boom económico.

“Preguntá en ese Restaurant”, dijo Raúl. Desde la puerta se veía a una linda rubiecita atendiendo el guardarropa.
-Signorina, scusi- le dije en el italiano que hablaba desde mi infancia -¿nos puede recomendar algún lugar donde podamos tomar algo y escuchar música?

-¡Decile que queremos bailar- agregó Raúl con su mejor tonada.
-Pero ustedes son argentinos y yo también. Soy cordobesa.

Risas, explicaciones de por medio. Preguntas sobre Córdoba. Respuestas sobre Italia.

Nos recomendó que fuéramos a un lugar no muy lejano pero antes sugirió que lo viéramos a Faruk, el famoso Rey de Egipto.

Faruk, después de su derrocamiento un mes antes, pasaba su tiempo en Italia y Francia con lo que si vida no había cambiado mucho, porque siempre que podía había dejado sus deberes reales para recorrer los más famosos balnearios del Mediterráneo.

No hizo falta que subiéramos. Faruk bajaba con un séquito de varios hombres y mujeres que lo seguían. No muy alto, excedido en peso, como siempre su fez rojo y anteojos negros. Poco quedaba del rey joven y buenmozo que había subido al milenario trono y desposado a la bella Fátima. Sin embargo, su figura tenía un halo de nobleza y de distinción que realmente hacían sentir la presencia de un rey.

Como yo sabía de su afición por la esgrima me animé y acercándome respetuosamente me presenté.

-Somos esgrimistas argentinos que venimos del mundial universitario de Alemania. Soy amigo de Mohammed Ben Younes, su gran Chambelán, con quien he competido numerosas veces. Es un gran honor poderlo saludar.

Agradeció y se alejó con su comitiva.

Nos fuimos caminando por la eternidad renovada de las calles romanas, hasta llegar a la Caseta delle Rose.

El maitre nos invitó a pasar a la pista de baile en el jardín. Actuaban las Peter’s Sisters, tres negras voluminosas semejantes a Ella Fitzgerald en la figura y en el estilo.  En una mesa cercana a la pista, volvimos a ver a Faruk, esta vez acompañado por una rubia despampanante y por las Peter’s Sisters y algunos ex dignatarios. En una mesa cercana reconocí a los guardaespaldas.

No habían pasado cinco minutos que se acercó uno de ellos. Su majestad los invita a compartir su mesa. Intimidados por encontrarnos sentados a la mesa con un rey, nos distendimos a medida que este nos hizo fácil la conversación. Apasionado por la esgrima que había practicado intensamente, recordaba a los esgrimistas franceses, a Doriola, a los italianos Magiariotti. Quiso saber de nuestro país, de la esgrima, de nuestra actividad. Hablaba en inglés con Raúl y en italiano conmigo, alternando las preguntas. 

Yo me concentraba en la conversación, Raúl por su parte en la rubia, que miraba indiferente a todos lados menos a nosotros.

Cuando volvíamos me recriminó: “perdí la noche, debí haber bailado con la rubia”.
-¿No te parece- le contesté tomándole del brazo- que es inolvidable habernos sentado a la mesa de un rey?


El sol asomaba lentamente tras las colinas de Roma.

Bailando le java sobre las olas

“Voici le rivage
 voyez je suis sag e

Boulogne Sur Mer 21 de Julio
Viajo en un destartalado Citroen que oficia como taxi, por las calles de Boulogne Sur Mer.
El chofer me muestra la devastación que la guerra ha dejado, de la que ha pasado 5 años solamente.
-¿Este es el Hotel Central?
-Oui Monsieur, c’est ici.- En realidad no es un hotel. Más bien un bar con algunas habitaciones. Lleno de marineros, de prostitutas y rufianes que cuidan su negocio. Un fuerte olor a pescado frito se mezcla con el del tabaco de las pipas que esparcen humo por el abigarrado ambiente del puerto.
Me gusta, y para no ser menos, tomo un cointreau antes de subir a mi cuarto.
Ya en la cama, trato de hacer un repaso de este largo viaje por Europa. Me es imposible. Pienso en las palabras de Jacqueline, la dulce Jacqueline de cuya mano aprendí París.
“No, no recordarás París por sus calles ni por sus bistros, ni por sus iglesias o sus parques, es algo distinto. Está en el aire que se respira, en la gente que pasa o en esa alegría melancólica que sentimos cada vez que lo reencontramos. Es una sensación que no puedo definir. La aprenderás con el tiempo. Ya verás, con el tiempo.” Es tarde y Jacqueline ya no está conmigo; mejor es dormir. Mañana embarcaré rumbo a Buenos Aires.
Desde el bar me llega la voz inconfundible de Maurice Chevalier cantando “Pour les amants c’est tous le jours dimanchs”. ¿Será cierto?

22 de Julio - A bordo
El barco comienza a despegarse lentamente del muelle.
Una banda arranca con “Douce France” y “Menilmontant”.
Estabas al lado mío en la borda, despidiéndote de alguien. Yo te dije “no tengo a nadie para saludar, pero igual lo hago. Tómelo como una bienvenida.” Te hizo gracia y sonreíste. Descubrí en ese momento que el sol tenía reflejos mágicos en tu pelo.

23 de Julio – A bordo
Sé que te llamas María Isabel y que te dicen Maribel. Heredera de una familia tradicional, regresas de un largo viaje por Europa con tu madre y tu prima, para completar tu educación de niña de la sociedad.
El barco se ha movido mucho al navegar hoy, por el golfo de Vizcaya.
Te encontré en la cubierta. Como no te mareabas, igual que yo, hablamos durante mucho tiempo.

24 de Julio
Hoy conocí a la señora Carolina, la madre de Maribel. Viuda y cincuentona. Es una auténtica “balzaqueana”, o sea, las mujeres que deseaba Honoré de Balzac. Elegante y naturalmente de gran mundo. No dejó por eso de someterme a un no muy disimulado interrogatorio. Qué hacía, qué pensaba hacer, mi familia tenía campos, y otros pormenores sin importancia.
A pesar de eso, simpatizamos mucho.
Por la noche desembarcamos en Lisboa. Recorrimos las pintorescas calles y paseamos por la avenida Liverdade en compañía de un agradable compañero de mesa, Luis.
Rechacé prostitutas que se ofrecían y fuimos a escuchar música al “Machado”, mezcla de restaurant y café, donde se escuchan los melancólicos fados que el público acompaña cantando también. Qué buena alegría encontrarte allí. Todos reímos, cantamos, y contagiados por la pasión de una cantante, casi lloramos.
En ese momento de emoción colectiva fue, que encontré tu mirada y supe que algo estaba por nacer entre nosotros.

28 y 29 de Julio
Días de felicidad. Largos, extensos. El reloj del tiempo se ha detenido.
Ver en cubierta como el sol se asoma es un momento de felicidad. Los problemas se han ido por la borda. El mar, que siempre regresa todo, nos lo devolverá cuando lleguemos.

La magia del viaje ha tendido sus redes. Nuestras manos se entrelazan mirando una luna caprichosa, que aparece y desaparece, dándonos fuerza espiritual a esa sobrecargada y misteriosa fascinación de la naturaleza. Los paseos por cubierta, las miradas furtivas, la piscina y los juegos, la música y los bailes, canastas, deck-tennis y sol, la luna dialogando con las aguas, y el infinito inmenso en los crepúsculos, donde la vista no llega y sólo alcanza la imaginación.
Pocas parejas pueden resistir esas situaciones sin que florezcan nuevos amores. ¿Podremos resistirlo nosotros, acaso?

30 de Julio – A bordo
El cruce del Ecuador es el tema del día. Se celebrará mañana con un baile de disfraz. Los pasajeros dan a esto una importancia trascendental.
Cortinas, colchas, mantas, atuendos marinos, aparecen mantones y peinetones de España, exóticos sombreros de Capri, abigarradas gorras inglesas o simpáticas boinas vazcas. Todo es bueno para la imaginación.
Con Maribel hemos preparado un número basado en la danza de los apaches franceses. Luego de la interpretación mímica en la que oficio de improvisado “macro” exigiéndole dinero, bailamos un apasionado java, al finalizar el cual la arrojo aparatosamente al piso.

31 de Julio – Ecuador
Bautismos y chapusones a granel.
Alegría de los pasajeros en la mañana. Por la tarde, ensayo con Maribel. La señora Carolina, que apareció repentinamente en la sala de música celebró nuestro entusiasmo. Estaba contenta. Había encontrado en la boutique de abordo un perfume francés, “Magriffe”, que olvidara en París. Varias veces aplaudió con entusiasmo. Sí, estaba –o al menos parecía- contenta.
Pero aquella noche, cuando maquillados y disfrazados, abrazados, bailamos bajo el haz de luz, vi al pasar junto a su mesa una mirada extraña. ¿Era quizás de desagrado?

(Fecha)
Todo ocurrió sin haberlo premeditado. Esa noche de gala, al salir del Río, nos encontramos solos. Sin su madre y sin su prima. Tomados de la mano, caminamos por el barco. Buscábamos un lugar donde podernos abrazar. Éramos jóvenes, el sol y el mar nos enervaban. La sala de música era el lugar ideal. Las puertas abiertas de par en par y nadie adentro. Un sillón amigo quedaba oculto detrás de una de ellas.
Teníamos sed de abrazos, de caricias, de besos, de palabras dulces dichas al oído. Un momento de liberación para emociones contenidas.

El bueno de León, nos encontró.
-¿Qué hacen aquí ustedes?
-¿Qué creés que hagamos?- Y le solté una palabrita que no condice mucho con este relato.
-La señora los busca por todas partes, está como loca. Le ha pedido al capitán que intervenga y abra tu camarote. No le ha hecho caso y ha mandado en cambio un oficial a buscarlos.

Maribel no salió de su camarote. La esperé inútilmente dos días. Pero la que sí apareció fue la señora Carolina y enfiló directamente hacia mí.
-Maribel está comprometida con un hombre grande, serio, un estanciero. Usted es muy joven. No tiene nada más que simpatía. Ha sido una locura de juventud. Tiene que convencerse.
Seguimos hablando hasta que la media luz del crepúsculo puso fin al diálogo.

En la rada de Buenos Aires
Mañana temprano, con las primeras luces, el barco entrará a puerto. Repaso este diario. Madrid y su colorido, Italia con góndolas y fondo de música romántica que invita al amor y París, con la dulce Jacqueline mostrándome los encantos de la ciudad, mientras yo ahora recuerdo los suyos.

Es tarde. Por el ojo de buey, veo un rosario de luces encendido. Buenos Aires nos espera nuevamente. Me acuesto, pero me vuelvo a levantar antes de escribir la última frase, para abrir el ojo de buey. Porque este perfume francés me resulta insoportable.

Muchas formas de luchar




Los chicos dicen, juguemos a la lucha. Algunos juguemos a las espadas. Nuestro padre comenzó a jugar a las espadas desde bebé, con las agujas de tejer de su madre, y rápidamente, gracias a las enseñanzas de nuestro abuelo, se hizo un espadachín experto. A los 13 años ganó su primer torneo y después estuvo siempre en el podio de los triunfadores, haciendo flamear por el mundo la celeste y blanca.

Ganador de juegos Panamericanos, participante de las Olimpíadas de Londres y Helsinki y varias veces campeón nacional, su padre, su maestro, que fuera su gran guía fue también parte del drama que se desatará después. Nuestro abuelo era también maestro de esgrima de Perón y varias veces nuestro padre y nuestro tío, como deportistas de la época, fueron fotografiados y filmados con el General. Y como la política en la Argentina ha tocado a todos, cuando llegó la Revolución Libertadora los inhabilitaron para hacer esgrima y los echaron de sus empleos de martilleros públicos.

Seis años duró el castigo de ser peronistas. Les costo la carrera deportiva cortada en su mejor momento. La condena terminó cuando en el 61 un grupo comando entró en casa de nuestra abuela y, buscándolos a ellos que seguían dando pelea mediática, le pegaron brutalmente a nuestra “nona”. Después de esta vergüenza, la reacción de la gente fue tal, que tuvieron que dejarlos otra vez competir.

Por nuestra parte queremos hacer público que hemos, de él  y de nuestra madre, aprendido a luchar. A veces con buenas fichas, a veces en medio del desastre. Porque la fortuna puede desarmarte, pero cuando  el brillo de las espadas se apaga, con uñas, con dientes y con sangre, se sigue peleando hasta el final. Eso nos han enseñado. Gracias papi.



Fulvia y Gisela Galmi.