Los chicos dicen, juguemos a la lucha. Algunos juguemos a las espadas. Nuestro padre comenzó a jugar a las espadas desde bebé, con las agujas de tejer de su madre, y rápidamente, gracias a las enseñanzas de nuestro abuelo, se hizo un espadachín experto. A los 13 años ganó su primer torneo y después estuvo siempre en el podio de los triunfadores, haciendo flamear por el mundo la celeste y blanca.
Ganador de juegos Panamericanos, participante de las
Olimpíadas de Londres y Helsinki y varias veces campeón nacional, su padre, su
maestro, que fuera su gran guía fue también parte del drama que se desatará
después. Nuestro abuelo era también maestro de esgrima de Perón y varias veces
nuestro padre y nuestro tío, como deportistas de la época, fueron fotografiados
y filmados con el General. Y como la política en la Argentina ha tocado a
todos, cuando llegó la Revolución Libertadora los inhabilitaron para hacer
esgrima y los echaron de sus empleos de martilleros públicos.
Seis años duró el castigo de ser peronistas. Les costo la
carrera deportiva cortada en su mejor momento. La condena terminó cuando en el
61 un grupo comando entró en casa de nuestra abuela y, buscándolos a ellos que
seguían dando pelea mediática, le pegaron brutalmente a nuestra “nona”. Después
de esta vergüenza, la reacción de la gente fue tal, que tuvieron que dejarlos
otra vez competir.
Por nuestra parte queremos hacer público que hemos, de
él y de nuestra madre, aprendido a
luchar. A veces con buenas fichas, a veces en medio del desastre. Porque la
fortuna puede desarmarte, pero cuando el
brillo de las espadas se apaga, con uñas, con dientes y con sangre, se sigue
peleando hasta el final. Eso nos han enseñado. Gracias papi.
Fulvia y Gisela Galmi.

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