sábado, 15 de junio de 2013

De copas con Faruk

“¿Por qué no suben y lo ven a Faruk? Sí, a Faruk, el rey, está arriba. Mírelo desde la puerta. Seguro que está comiendo Spaghetti”, dijo Ana con su simpático acento cordobés.


Esa calurosa noche de verano, la última que pasábamos en Roma, decidimos salir a caminar un poco por la ciudad que realmente no podía tener mejor sobrenombre que la Ciudad Eterna.

Raúl se había empeñado en ir a bailar. Bailarín y cantor si alguien le alcanzaba una guitarra, se convertía en el centro de la reunión, al unir a su tonada cordobesa una natural simpatía. Caminamos por la orilla del Tevere y finalmente nos encontramos en Vía Veneto.  No era la Roma de hoy, pujante y bellísima. Todavía Italia no había hecho su espectacular boom económico.

“Preguntá en ese Restaurant”, dijo Raúl. Desde la puerta se veía a una linda rubiecita atendiendo el guardarropa.
-Signorina, scusi- le dije en el italiano que hablaba desde mi infancia -¿nos puede recomendar algún lugar donde podamos tomar algo y escuchar música?

-¡Decile que queremos bailar- agregó Raúl con su mejor tonada.
-Pero ustedes son argentinos y yo también. Soy cordobesa.

Risas, explicaciones de por medio. Preguntas sobre Córdoba. Respuestas sobre Italia.

Nos recomendó que fuéramos a un lugar no muy lejano pero antes sugirió que lo viéramos a Faruk, el famoso Rey de Egipto.

Faruk, después de su derrocamiento un mes antes, pasaba su tiempo en Italia y Francia con lo que si vida no había cambiado mucho, porque siempre que podía había dejado sus deberes reales para recorrer los más famosos balnearios del Mediterráneo.

No hizo falta que subiéramos. Faruk bajaba con un séquito de varios hombres y mujeres que lo seguían. No muy alto, excedido en peso, como siempre su fez rojo y anteojos negros. Poco quedaba del rey joven y buenmozo que había subido al milenario trono y desposado a la bella Fátima. Sin embargo, su figura tenía un halo de nobleza y de distinción que realmente hacían sentir la presencia de un rey.

Como yo sabía de su afición por la esgrima me animé y acercándome respetuosamente me presenté.

-Somos esgrimistas argentinos que venimos del mundial universitario de Alemania. Soy amigo de Mohammed Ben Younes, su gran Chambelán, con quien he competido numerosas veces. Es un gran honor poderlo saludar.

Agradeció y se alejó con su comitiva.

Nos fuimos caminando por la eternidad renovada de las calles romanas, hasta llegar a la Caseta delle Rose.

El maitre nos invitó a pasar a la pista de baile en el jardín. Actuaban las Peter’s Sisters, tres negras voluminosas semejantes a Ella Fitzgerald en la figura y en el estilo.  En una mesa cercana a la pista, volvimos a ver a Faruk, esta vez acompañado por una rubia despampanante y por las Peter’s Sisters y algunos ex dignatarios. En una mesa cercana reconocí a los guardaespaldas.

No habían pasado cinco minutos que se acercó uno de ellos. Su majestad los invita a compartir su mesa. Intimidados por encontrarnos sentados a la mesa con un rey, nos distendimos a medida que este nos hizo fácil la conversación. Apasionado por la esgrima que había practicado intensamente, recordaba a los esgrimistas franceses, a Doriola, a los italianos Magiariotti. Quiso saber de nuestro país, de la esgrima, de nuestra actividad. Hablaba en inglés con Raúl y en italiano conmigo, alternando las preguntas. 

Yo me concentraba en la conversación, Raúl por su parte en la rubia, que miraba indiferente a todos lados menos a nosotros.

Cuando volvíamos me recriminó: “perdí la noche, debí haber bailado con la rubia”.
-¿No te parece- le contesté tomándole del brazo- que es inolvidable habernos sentado a la mesa de un rey?


El sol asomaba lentamente tras las colinas de Roma.

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