“¿Por qué no
suben y lo ven a Faruk? Sí, a Faruk, el rey, está arriba. Mírelo desde la
puerta. Seguro que está comiendo Spaghetti”, dijo Ana con su simpático acento
cordobés.
Esa calurosa
noche de verano, la última que pasábamos en Roma, decidimos salir a caminar un
poco por la ciudad que realmente no podía tener mejor sobrenombre que la Ciudad Eterna.
Raúl se había
empeñado en ir a bailar. Bailarín y cantor si alguien le alcanzaba una
guitarra, se convertía en el centro de la reunión, al unir a su tonada
cordobesa una natural simpatía. Caminamos por la orilla del Tevere y finalmente
nos encontramos en Vía Veneto. No era la Roma de hoy, pujante y
bellísima. Todavía Italia no había hecho su espectacular boom económico.
“Preguntá en ese
Restaurant”, dijo Raúl. Desde la puerta se veía a una linda rubiecita
atendiendo el guardarropa.
-Signorina,
scusi- le dije en el italiano que hablaba desde mi infancia -¿nos puede
recomendar algún lugar donde podamos tomar algo y escuchar música?
-¡Decile que
queremos bailar- agregó Raúl con su mejor tonada.
-Pero ustedes
son argentinos y yo también. Soy cordobesa.
Risas,
explicaciones de por medio. Preguntas sobre Córdoba. Respuestas sobre Italia.
Nos recomendó
que fuéramos a un lugar no muy lejano pero antes sugirió que lo viéramos a
Faruk, el famoso Rey de Egipto.
Faruk, después
de su derrocamiento un mes antes, pasaba su tiempo en Italia y Francia con lo
que si vida no había cambiado mucho, porque siempre que podía había dejado sus
deberes reales para recorrer los más famosos balnearios del Mediterráneo.
No hizo falta
que subiéramos. Faruk bajaba con un séquito de varios hombres y mujeres que lo
seguían. No muy alto, excedido en peso, como siempre su fez rojo y anteojos
negros. Poco quedaba del rey joven y buenmozo que había subido al milenario
trono y desposado a la bella Fátima. Sin embargo, su figura tenía un halo de
nobleza y de distinción que realmente hacían sentir la presencia de un rey.
Como yo sabía de
su afición por la esgrima me animé y acercándome respetuosamente me presenté.
-Somos
esgrimistas argentinos que venimos del mundial universitario de Alemania. Soy
amigo de Mohammed Ben Younes, su gran Chambelán, con quien he competido
numerosas veces. Es un gran honor poderlo saludar.
Agradeció y se
alejó con su comitiva.
Nos fuimos
caminando por la eternidad renovada de las calles romanas, hasta llegar a la
Caseta delle Rose.
El maitre nos
invitó a pasar a la pista de baile en el jardín. Actuaban las Peter’s Sisters,
tres negras voluminosas semejantes a Ella Fitzgerald en la figura y en el
estilo. En una mesa cercana a la pista,
volvimos a ver a Faruk, esta vez acompañado por una rubia despampanante y por
las Peter’s Sisters y algunos ex dignatarios. En una mesa cercana reconocí a
los guardaespaldas.
No habían pasado
cinco minutos que se acercó uno de ellos. Su majestad los invita a compartir su
mesa. Intimidados por encontrarnos sentados a la mesa con un rey, nos
distendimos a medida que este nos hizo fácil la conversación. Apasionado por la
esgrima que había practicado intensamente, recordaba a los esgrimistas
franceses, a Doriola, a los italianos Magiariotti. Quiso saber de nuestro país,
de la esgrima, de nuestra actividad. Hablaba en inglés con Raúl y en italiano
conmigo, alternando las preguntas.
Yo me
concentraba en la conversación, Raúl por su parte en la rubia, que miraba
indiferente a todos lados menos a nosotros.
Cuando volvíamos
me recriminó: “perdí la noche, debí haber bailado con la rubia”.
-¿No te parece-
le contesté tomándole del brazo- que es inolvidable habernos sentado a la mesa
de un rey?
El sol asomaba
lentamente tras las colinas de Roma.

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